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AUTOLIDERAZGO

Por Consol Iranzo CEO de Karisma el 30/07/2012

Cada vez más frecuentemente en nuestro lenguaje cotidiano, utilizamos la palabra líder para describir a aquellas personas que, según nuestro parecer, reúnen las habilidades necesarias para guiar a otras personas o convertirse en un referente. De hecho, existen múltiples publicaciones y libros que se refieren a esta figura y que describen cuáles son las características que configuran un perfil de líder.

Sin embargo, es probable que pocas veces nos hayamos detenido a pensar que, ante todo, un líder debe ser una persona que debe tener como base su propio autoliderazgo. Pues, si uno mismo no se sabe autogestionar, ¿cómo es factible que pueda gestionar a otros?

Bajo mi punto de vista, todas las personas, independientemente de que en algún momento puedan o no tener la oportunidad de liderar a otros, deberían reflexionar sobre la evidente necesidad de tomar las riendas de su propia vida. Pero, esto que puede ser tan obvio, ¿es fácil?

En mi opinión, hay varios aspectos a tener en cuenta y que me gustaría poder compartir con las personas que estáis leyendo este artículo:

El primero de ellos es tener un profundo conocimiento de uno mismo, y para ello es preciso destinar tiempo. Ante esta sugerencia, pueden surgir algunas objeciones como el hecho de no tener tiempo, que dedicarse a esta tarea puede resultar muy egocéntrico, o bien que uno mismo es subjetivo y que es más fácil tratar de que los demás te digan que opinan de ti.

Sin tratar de entrar en controversia, creo que, aun respetando estas consideraciones, si no dedicamos tiempo a reflexionar acerca de nuestro propósito en la vida, de nuestros valores y de cómo estamos orientando nuestro camino, difícilmente vamos a saber cuáles son las decisiones que debemos tomar y que tienen que ir en consonancia con nuestra meta y, por tanto, saber asumir las consecuencias que de éstas se puedan derivar.

En palabras de Lowney: “Sólo la persona que sabe lo que quiere puede buscarlo enérgicamente, y sólo conociendo nuestras debilidades podemos superarlas”. Conocernos nos ayudará a saber cuáles son nuestras fortalezas y talentos, pero también cuáles son los aspectos en los que debemos trabajar.

El tener conocimiento de nuestros valores, que son únicos y personales, es primordial porque son la base que sostiene nuestros ideales y dan significado a nuestra vida. Los valores se van inculcando desde nuestra niñez y pueden ir cambiando o reforzándose a lo largo de nuestra existencia. Están estrechamente ligados a nuestro propósito de vida y son los que nos ayudan a interpretar y gestionar lo que nos acontece, tomando las decisiones que van en coherencia con los mismos.

La coherencia es una parte fundamental de nuestra capacidad para liderar nuestras vidas. Es imposible no estar en sintonía entre los valores que nos sustentan y la conducta y comportamientos que debemos mantener en todo momento. La honestidad con nosotros mismos nos conduce a mostrarnos tal y como nos marcan nuestros valores, lo que nos convierte en personas auténticas.

La influencia que el entorno puede tener sobre nosotros –y que en algunos momentos puede conducirnos a actuar de forma diferente a la que nosotros quisiéramos– puede provocarnos inseguridades y, en algunos casos, autoengaños que de ninguna forma son beneficiosos para nosotros.

Una cosa es adaptarnos al entorno y flexibilizar nuestras ideas o pensamientos, cuando así lo decidamos nosotros mismos desde nuestra libertad interna, y otra muy distinta es no defender los criterios y principios que rigen nuestra vida.

En mi opinión, debemos ser personas creíbles y confiables y, por tanto, no podemos mostrar un comportamiento totalmente disociado con nuestro discurso. De esta manera, sólo estaremos engañándonos a nosotros mismos.

Por tanto, si queremos ser coherentes y estar conciliados con nosotros mismos, logrando la tan ansiada paz interior, pienso que es imprescindible que nos tomemos el tiempo que consideremos preciso para tener una idea clara de quién queremos ser, cuáles son nuestras fortalezas, qué precisamos aprender y desarrollar, y cuáles son los valores que han de contribuir a que consigamos nuestro propósito vital.

No olvidemos que éste no es un análisis que se hace una única vez en toda nuestra vida. Debemos ser conscientes de que el entorno es dinámico y las situaciones que nos suceden de forma continuada son aprendizajes. Por tanto, es preciso que nos comprometamos con nosotros mismos a realizarlo de forma periódica, convirtiéndolo en uno de nuestros mejores hábitos.

A mi forma de entender, sólo con un profundo y verdadero conocimiento de nosotros mismos seremos capaces de liderar nuestras propias vidas y responsabilizarnos de nuestras acciones.


 



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