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COACHING DE EQUIPOS

Por Consol Iranzo CEO de Karisma el 23/04/2012

En la actualidad podemos decir que muchas personas ya estamos habituadas a escuchar la palabra Coaching y tenemos una noción más o menos clara de lo que es, cuándo puede ser aconsejable su utilización y cuáles son los resultados que podemos esperar de un proceso de Coaching.

Al principio, como ya ha pasado en ocasiones con otros temas novedosos, ha existido un desconocimiento del significado del término Coaching y luego todo el mundo ha creído tener un conocimiento profundo, utilizándolo en diferentes contextos y para diversas funciones y poniéndolo de moda (incluso existen programas de TV), lo que lo ha popularizado hasta tal punto que ha podido llegar a banalizarse.

Partiendo de la creencia de que las personas que estáis leyendo este artículo tenéis una noción clara del concepto –algunos, incluso, habréis tenido la oportunidad de tener una experiencia propia o quizás habéis participado directa o indirectamente en la elección de un Coach para que realizara un proceso de Coaching a algunas de las personas que conforman el equipo de vuestras empresas– me gustaría hablaros de otra modalidad: el Coaching de Equipos y cuáles pueden ser los motivos para su utilización y también qué resultados se pueden lograr.

Pienso que todos somos conscientes de la necesidad de que los componentes de los equipos trabajen de forma cohesionada y, para conseguir este objetivo, la importancia de que exista confianza entre sus miembros y que las relaciones interpersonales sean fluidas. Para ello es necesario aprender a gestionar adecuadamente la vertiente emocional de las personas, pues ello nos permitirá identificar, afrontar y resolver de forma positiva los posibles conflictos que puedan surgir.

Con esto no me estoy refiriendo a que los integrantes de los equipos deban ser “amigos”, sino a establecer un marco de trabajo con unos objetivos comunes en el que todos participen de forma proactiva teniendo en cuenta los intereses del equipo, incluso si éstos están por encima de los propios individuales.

Los beneficios que se pueden obtener se reflejan tanto en la potenciación de la visión común del equipo como en el aumento de la flexibilidad del mismo ante los cambios, lo que facilita su continua y mejor adaptación, consiguiendo los objetivos previstos.

La teoría, diría que la tenemos todos medianamente clara y que lo expuesto es de sentido común, pero las preguntas que nos podríamos hacer son varias:

¿Es así cómo funcionan habitualmente los equipos directivos? ¿Es fácil que cada uno piense más en la visión común que en la propia? Cuando es necesario tomar una decisión que no nos favorece pero que, por contra, es la más idónea para el funcionamiento o los intereses comunes del equipo, ¿podemos aceptarla y defenderla después como si fuera propia? ¿Cuántos miedos tenemos a compartir nuestra información? ¿Cuántas historias pasadas nos condicionan? ¿Cómo aceptamos a los nuevos integrantes? ¿Cómo vivimos un nuevo estilo de dirección? ¿Es fácil integrar ideas opuestas a las propias? ¿Podemos gestionar las emociones que nos producen ciertos acontecimientos? ¿Cómo afrontamos los cambios?

La lista de preguntas podría ser mucho más larga y sería una buena idea que hiciéramos una reflexión al respecto para poder ser honestos y reconocer que probablemente algunas de nuestras actuaciones no favorecen el buen funcionamiento del equipo al cual pertenecemos.

¿Es fácil? Bajo mi punto de vista, no. Porque, aun en el caso de que alguno de los miembros del equipo pueda tener una actitud positiva y trate de modificar algunos de sus comportamientos, ¿cuál será el posible resultado de este esfuerzo si el resto de componentes no lo hace? La respuesta es obvia.

Para conseguir una visión común, primeramente se precisa un reconocimiento de la necesidad de que todos orienten sus esfuerzos en ese sentido y ello requiere de un esfuerzo colectivo, que no siempre es fácil. La intención existe, pero muchas veces se queda en eso, en buenas intenciones que no logran plasmarse en la realidad del día a día.

En estos casos (bastante habituales por lo que me dice la experiencia) y probablemente debido a tener que hacer frente a situaciones más difíciles de las que estábamos habituados y que este hecho provoca más tensión, algunos de los problemas interpersonales que ya existían se agudizan, no resultando sencillo poderlos enfrentar y resolver en la forma adecuada.

Es en esta coyuntura donde la realización de un Coaching de Equipos, liderado por un Coach experimentado, puede ser la mejor decisión, pues, desde su expertise, éste puede contribuir a lograr la máxima eficacia del grupo, potenciando la sinergia del equipo en oposición al individualismo. De esta forma, se consigue obtener equipos de alto rendimiento, donde todos los integrantes son conscientes de que todos y cada uno de los valores que aportan multiplican. Ser heterogéneos no es un obstáculo para trabajar de forma cohesionada, sino que enriquece a todos. Ese es el camino para lograr el óptimo funcionamiento del equipo que ha de permitir alcanzar los objetivos comunes, que son los que contribuirán a la continuidad del proyecto en el que están involucrados.



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