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EL APRENDIZAJE DE NUEVOS HÁBITOS

Por Consol Iranzo CEO de Karisma el 19/07/2015

Imagino que todos estamos de acuerdo en que existen una serie de hábitos regulares que nos ayudan a gestionar nuestro día a día, dado que son comportamientos que realizamos de forma rutinaria, que requieren un nivel de energía ínfimo y a los que prestamos poca atención.

El cerebro reptiliano, el más antiguo con 250 millones de años, es el cerebro de los peces, lagartos y algunos vertebrados inferiores. Es la base de nuestros instintos y, en particular, el de conservación del que derivan los demás. También permite responder a nuestras necesidades fundamentales: beber, comer, defenderse, reproducirse, etc. Su función principal es garantizar la supervivencia del individuo y de la especie. Dirige las funciones que atienden a las necesidades básicas del organismo: hambre, sed, sueño, pulsiones sexuales... y los reflejos de defensa como la huída y la agresividad. Este cerebro es una especie de piloto automático y no tiene capacidad de adaptación. Actúa de un modo único y estereotipado.

Todos los actos instintivos y rituales corresponden al cerebro reptiliano: chuparse el dedo, rascarse la nariz, comerse las uñas, También lo encontramos en ciertos hábitos como, por ejemplo, sentarse siempre en el mismo lugar ("marcar el territorio"), sea en el coche, en la oficina, etc.

En mi trabajo como coach observo que las personas que vienen a mi despacho siempre tienden a sentarse en el mismo sitio. Imagino que, de alguna forma, sienten que es su lugar y, por ello, se encuentran más cómodas en éste. A algunas de estas personas me he permitido preguntarles porqué siempre se sientan el mismo lugar y la respuesta, después de un instante de sorpresa, es que ni se habían percatado de que siempre eligen la misma silla. Simplemente es un acto rutinario.

También he advertido un comportamiento similar en las sesiones de coaching de equipos que realizo. Las personas que ocupan un lugar concreto en el inicio del proceso, tienen la tendencia a querer ocupar el mismo a lo largo del mismo. Si a ello añadimos que pueden ser equipos que se reúnen asiduamente, nos encontramos ante la circunstancia de que repiten el lugar que ocupan en sus reuniones de trabajo.

Como ejemplo puedo contar una experiencia que tuve con un equipo, al que le solicité que intercambiaran posiciones, ya que ello les iba a permitir tener diferentes perspectivas y también potenciar cambios en sus interrelaciones y comunicaciones. La primera reacción fue de sorpresa, incluso diría que percibí cierta incomodidad. De hecho, uno de los miembros del equipo alegó que no podía cambiar de lugar, pues, por problemas en la espalda, disponía de una silla especial. Ante mi respuesta de que desplazara la silla hasta el nuevo lugar elegido, se quedó unos segundos perplejo para luego manifestar que, si cambiaba de sitio después de tanto tiempo, se iba a sentir desubicado.



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