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EL ARTE DE COMUNICAR

Por Consol Iranzo CEO de Karisma el 06/07/2014

Soy consciente de que escribir en esta tribuna sobre el arte de comunicar, tema crítico bajo mi punto de vista, puede dar pie a pensar que es recurrente y que ya se ha tratado desde distintos medios en muchas ocasiones.

Dicho esto, pienso que cada día precisamos tener en cuenta y poner en valor lo que significa comunicar adecuadamente y cómo el hacerlo de una forma u otra incide directamente sobre los objetivos o resultados que queremos conseguir. Probablemente por ello, mejorar la comunicación es una de las demandas que últimamente más me hacen en los procesos de coaching, tanto individual como de equipo.

Un primer acercamiento a lo que implica la comunicación sería desde su etimología: el término “comunicación” proviene del latín “comunis”, que significa transmitir ideas y pensamientos con el objetivo de ponerlos en común con otro ser. Por tanto, es inherente a la relación que los seres vivos mantienen con otros.

Algunas veces tendemos a confundir comunicación con información. Si bien es cierto que en la comunicación interviene directamente el hecho de dar y obtener información, ésta puede darse sólo en una dirección. Por ejemplo, las noticias que escuchamos a través de los distintos medios (TV, radio, prensa…) Esto es información.

Comunicar precisa, como mínimo, la interacción entre dos personas y para ello se usa el lenguaje oral (característica distintiva de los humanos), pero no únicamente, puesto que se complementa con el lenguaje corporal y la emocionalidad. Siendo del todo necesario que exista una total coherencia entre estos tres aspectos, en caso contrario, el mensaje puede perder validez.

Si reflexionamos al respecto, podemos preguntarnos: ¿Por qué el mensaje que queremos dar no llega a nuestro interlocutor en la forma en que deseamos? Por ejemplo, si queremos poner énfasis en algo que deseamos transmitir, pero lo expresamos sin fuerza, con un tono bajo, con tristeza e incluso con el cuerpo decaído, probablemente no causará el efecto esperado en nuestro interlocutor, ya que está recibiendo mensajes contradictorios.

Hay otros factores que también obstaculizan la comunicación: No existe escucha activa, no hablamos el mismo “idioma”, no somos capaces de captar el interés del otro, la interpretación que se hace del mensaje es totalmente distinta a la nuestra… La lista puede ser mucho más extensa.

Bajo mi punto de vista, es primordial saber utilizar de forma adecuada el arte de comunicar, tener conversaciones que permitan coordinar acciones, alcanzar acuerdos, asumir compromisos, formar parte de un equipo, tener totalmente claro qué pedimos y qué se espera que hagamos.

Cuántas veces se realizan tareas que han requerido evidentemente un tiempo de dedicación y esfuerzo y que luego resulta que no se corresponden con las que se esperaban. Ello supone tener que repetir trabajos, lo que puede dar lugar a la frustración y puede que incluso afecten a la motivación de la persona que los ha realizado. Todo ello sin obviar la pérdida de eficiencia y eficacia, puesto que se han empleado unos recursos que no dan los resultados esperados ni se consiguen los objetivos que se habían esperado.

La tecnología nos ofrece muchas vías para conseguir toda la información que precisamos, pero ello no significa que hayamos mejorado la comunicación. Más bien, en algunos casos, el uso de éstas se ha convertido en un sustituto de la comunicación. ¿Cuántas veces enviamos un e-mail a la persona que tenemos sentada enfrente de nosotros? A veces es preciso o práctico hacerlo así, pero que esto se convierta en hábito probablemente no es lo más deseable. Como ejemplo podemos poner a los típicamente llamados “mails incendiarios”. ¿Cuántos malentendidos se podrían evitar simplemente con una conversación?

Por todo ello, animo a que todos hagamos un esfuerzo para conseguir comunicar de forma clara. El tiempo no es un impedimento, sino más bien una excusa que solemos emplear. Es una inversión que a buen seguro nos dará los resultados esperados.

Asegurarnos de que los otros entienden perfectamente lo que estamos diciendo, aunque para nosotros sean realidades evidentes, es esencial. ¿Cuántas veces hemos utilizado frases del tipo: “Pero, ¿cómo no lo ha entendido? Si es de sentido común…”? Esta forma de pensar nos imposibilita el hacer uso de nuestra empatía al no querer entender y aceptar que los demás pueden observar realidades distintas a las nuestras y que, por ello, su interpretación es totalmente distinta de la nuestra y su actuación es consecuencia de ello.

Asegurarnos, a través de preguntas (preferentemente abiertas), de que las interpretaciones que los otros hacen de nuestros mensajes coinciden, sin duda contribuye a transformar conversaciones infructuosas en efectivas y, por tanto, a potenciar la eficacia y eficiencia en las organizaciones, lo que incide directamente y de forma positiva en la consecución de las metas y de los resultados.



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